No recuerdo el monto, pero cuando dieron de alta a la niña, Aminta me pidió un préstamo para pagar los gastos hospitalarios, que con su sueldo "el mínimo" duraría unos 100 años pagando. El chofer que la atropeyó, la llevó al hospital y desapareció.
Los corrillos no se hicieron esperar, tampoco la persona bondadosa que inició una colecta para pagar los gastos. Yo hable con la desesperada madre y le expliqué: la colecta que están haciendo los compañeros, no va a alcanzar, son muy pocos y la suma es muy elevada. Yo no aporté nada.
En secreto inicié con Aminta la búsqueda de soluciones: Le di la tarde libre y se fue al programa de TV de Carlos Pinzón, un programa de ayuda a la comunidad, tampoco recuerdo el nombre, pero le dijeron que debía inscribirse y esperar la visita de los trabajadores sociales que después de verificar la información, la pondrían en lista. Imposible, la cuenta del Hospital Militar seguía corriendo.
La situación era desesperada, en el hospital le prohibieron la entrada a la mamá, que continuaba trabajando y llorando, mientras Cecilia la persona que organizó la colecta en la fabrica pidió una cita con el gerente, para comentarle el caso y explicarle que debido a mi insensibilidad no había querido estudiar el préstamo.
La presión en la oficina era terrible, qué hacer; la niña empezó a desesperarse, y también Aminta, que hasta entonces había estado calmada, gracias a mi consejo: Déjela en el hospital y la visita todos los días: La niña va a estar más segura que en su pieza, oscura, donde no tiene quien la cuide. Aminta no pudo ver a la niña ese martes y sin el apoyo de un abogado, o por mi desconocimiento de la ley en ese momento, no penamos en entablar un proceso por secuestro.
El caso era desesperado, y la única solución que encontré: dígale a la niña que se moje la cama. Mal consejo; una enfermera que le pegó a la niña por cochina y la amenazó. Violando leyes y sin la más mínima muestra de humanidad maltrataban a la niña, que le pedía a gritos a su mamá que por favor, por favor la llevara a casa.
No habían celulares, y yo necesitaba hablar con la niña, pero el trabajo tan arduo en la fábrica me impedía distraer unos minutos. Eran tiempos difíciles, en que la mujer que llegaba a un cargo alto, debía soportar la presión de los compañeros, que sentían que los cargos directivos les pertenecían, y las compañeras, pensaban que por antigüedad tenían más derecho a un ascenso. Cualquier cosa que yo hiciera era motivo de crítica y en ocasiones de queja al gerente, que por lo regular respaldaba mis decisiones, como en el caso del préstamo.
Aminta; dígale a la niña que no utilice bacenilla para nada y nada es nada, que haga todas sus necesidades en la cama, y veremos quien gana. Que pena, la niña no puede hacer eso, ella va a cumplir 6 años. Aminta entendió la situación y convenció a la niña que con algo de picardia entendió el juego.
Antes de una semana, la aseadora, preocupada había firmado un pagaré en el que empeñaba su sueldo mínimo, por más de 100 años, pues los gastos subieron durante el tiempo que retuvieron a la niña en el hospital. Esa parte si la entendió Aminta, que firmó sin miedo el pagaré; No la pueden embargar, le dije, usted gana el mínimo y no es embargable.
Cecilia organizó grupos para visitar a la niña diariamente, que ansiosa esperaba la visita, puesto que con los fondos recogidos le llevaban frutas y golosinas que mantenían a la niña feliz, pero no a su mamá, que llorando me comentó que no podía caminar.
Una fractura en la pierna, no es para tanto y consulté con un médico amigo que confirmó mis dudas: quizás le duela, pero debe caminar. Comuníqueme con la niña, le dije a Aminta, que cargada la llevó hasta el teléfono de la esquina, porque eran épocas en que no existía el celular y tampoco había teléfono en las viviendas pobres.
Por teléfono hicimos un trato, si la niña venía caminando hasta mi oficina, yo le regalaría un vestido de gitana; largo hasta los pies, me preguntó la niña. La fecha pactada llegó y la niña cojeando y sonriendo como los ángeles cruzó el umbral de mi oficina. Déspota, y con voz autoritaria le dije: Lástima, ese vestido tan lindo y largo hasta los pies, con esos zapatos rotos. Yo te regalaría unos zapatos nuevos, pero sino cojearas. Eran las 10 am, del sábado, e hicimos un trato, ella iba a entrenar y si lograba entrar caminando derecha a mi oficina antes de las 12, hora en que yo salía, se ganaría los zapatos nuevos para lucir el vestido largo hasta los pies.
La niña me engañó, antes de las 12 entro a mi oficina, cojeando muy poco, tanto que no me dí cuenta y ella se ganó los zapatos. Mis compañeros, en corrillos criticaban, "si le va a regalar los zapatos para qué la atormenta". Cualquier cosa que yo hiciera, era un error. La mujer sentía que era una humillación recibir órdenes de una compañera de trabajo, hubo algunas que nunca aceptaron mi ascenso.
Fue duro, pero hice cosas que me llenaron el alma como el vestido de gitana largo hasta los pies y todavía hoy a mis 75 años, disfruto recordando y sonriendo "qué tiempos aquellos".
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